jueves, 9 de abril de 2020

Las dos orillas* de Bilbao en Verdes valles, rojas colinas.
De Ramiro Pinilla

Primera crónica de confinación
    

He aprovechado este confinamiento, para liberar lo que solo surge al disponer de un tiempo sin límites, ni metas concretas. En este caso han sido reflexiones sobre la historia de Bilbao y de su ría. Estaba explorando viejas imágenes y cartografías desde donde comprender cómo la reconversión de una ciudad volvió la espalda a sus tradiciones más seculares. Y en esas estaba cuando una novela se me cruzó en el camino, muy oportunamente y de manera sugestiva, dando respuesta a más de una de mis cavilaciones.
  
Es la novela de Ramiro Pinilla, “Verdes valles, rojas colinas”, que me tiene atrapado en la historia de un territorio complejo, como Bilbao,  donde el protagonismo  se sitúa en las orillas de su ría.  Ahora mismo, donde estoy en su la lectura, un personaje de los “verdes valles”, un verdadero “borono” que ni una sola noche durmió fuera del caserío, se enamora de la belleza de una joven revolucionaria, una “maqueta”, la de las “rojas colinas” allá en las minas, al otro lado de la ría. Y va  tras ella, la acompaña siempre, tozudamente y, así, además de contemplarla a ella, vivirá de cerca la lucha obrera de los mineros. Pero no la entiende: “para qué se juntan tantos, para qué  repiten las mismas cosas gritando todos a la vez, por qué van tan tristes, cuando eso, en el pueblo, lo resolvemos- dice-, con  alegres romerías al son del txistu y el tamboril”. Él vive en el caserío de Getxo, ella  al otro lado de la ría, allí arriba, en las minas, en una txabola de La Arboleda. Un día él la convence para llevarla a la otra orilla, al  verde valle  y, aquel domingo,  en una playa de inmensa soledad, es donde el amor les envuelve como  aquellos  rizos de las olas en la orilla. Ella quedará preñada y él será su fiel acompañante en todas las actividades revolucionarias, aunque seguirá  sin comprender.
    
Salgo del libro. Y pienso que aquel verde valle de origen euskaldun, Getxo, era donde residían los campesinos aferrados a las viejas tradiciones, como nuestro tozudo campesino y acompañante de la bella revolucionaria.  Aquellos lugares, con el tiempo, fueron ocupados por las mansiones de una oligarquía que se desplazó desde  un ensanche burgués amenazado por las movilizaciones obreras. El nuevo lugar se denominó, entonces,“Neguri”,  aldea  de invierno en euskera,  y fue “cuartel de invierno” de propietarios de minas, astilleros, fundiciones y banqueros.  Desde allí, por encima de la ría, se veían las colinas rojas y sus minas, donde los mineros  vivían  en míseros poblados y, donde hoy, los turistas pueden disfrutar de un parque temático y probar alubias del país. También veían sus grandes fábricas y chimeneas de los hornos altos, hoy desmanteladas en la llamada reconversión industrial. Y desde allí arriba los mineros veían  la gran ciudad y, hacia la mar, al fondo, las playas y Neguri. Unos y otros estaban  a” tiro de mirada”, separados por una ría, la de Bilbao, donde se reflejará la historia de esta gran ciudad, dramáticamente segregada por los orígenes, la culturas  y clases sociales de sus habitantes.

Luis Azurmendi


*Tomo el título del artículo de Gonzálo Calcedo  en  Las dos orillas. La Bahía de Santander
En La Bahía en la memoria. Litoral Atlántico