domingo, 31 de mayo de 2020


Arte y Paisaje


PINTAR EL FARO CABO DE AJO. 
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PATRIMONIO MARITIMO
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viernes, 24 de abril de 2020





LA MOLINERA Y EL CURA



Por Luis Azurmendi
I

- Allí  detrás de la canal de la marisma –me dice Tabolo- está el molino, el de mareas. Allí llevaban las mujeres el maíz a moler. Tú eso sí lo recordarás. Hoy como ves, esta arruinado.
Hacía calor, no se movía ni una hoja y a lo lejos se oía “turbon” que amenazaba por los montes de San Miguel.  Apretamos el paso a medida que la gran nube de plomo se acercaba amenazante. Llegamos a tiempo. Lo sabíamos: cuando parase aquel viento repentino, rompería la tormenta y el aguacero haría temblar las hojas de los laureles. La marisma cambió de aspecto: la lluvia desvaneció todos sus perfiles y el agua perdió sus reflejos. El sabor a sal se apagó con olores de tierra  y hierba mojada.
Había más gente allí, guarnecidos bajo los restos del antiguo molino.  Charlaban animados sobre tormentas. Entramos y hubo un intercambio de saludos con Tabolo.  Eran dos señoras y un cura.
Yo me quedé mirando las paredes desnudas y los restos del tejado.
-  Era un molino- Me dice la señora mayor como respondiéndome.
- Este señor sabe mucho de molinos –dice Tabolo, señalándome.
- ¿Acaso es molinero?- dice la otra señora. “No, no. ¡Qué va!, - digo- simple aficionado. Por casualidad nací en un molino. Y ahora me pica…”
- ¡Anda! Pues esta señora- dice la más joven – nació en este molino. Es la hija de “Lin, el molinero“
II

Algo raro tenía este encuentro: la tormenta, las ruinas del molino, la anciana molinera el pescador y el cura,  que no acertaba a cómo intervenir  en la conversación.
- ¿Cómo era el molino? -, la pregunté
- De marea, y vivíamos arriba. -responde la molinera-. Teníamos las máquinas aquí abajo y aquí, delante, algunos animales
Un fuerte trueno nos clavó la conversación.
- Las tormentas aquí eran malas –dice la molinera- pero sobre todo cuando la mar se venía  y las olas ocupaban el cárcavo  y presionaban el suelo hacia arriba. Todo crujía.
-¿Cómo es eso?
- No sé, pero a veces tuvimos que subir los animales arriba, porque la ola inundaba hasta las máquinas. Yo pasaba mucho miedo porque a cada marea se oía el ruido infernal de la turbina cuando arrancaba. Tuvimos muchas desgracias aquí. Mi padre más adelante construyó una casa aquí al lado.
El relato de la molinera me recuerda a mi infancia, cuando de madrugada, nos despertaba un ronco y profundo silbido. Era cuando, abajo, en el entonces taller del aitona, ponían en marcha la vieja turbina del molino. Aquel sonido fue utilizado, además, como amenaza de la presencia de un “mozorro” que habitaba en aquel pozo y que vigilaba que los niños nos portásemos bien.

III

- En muchos sitios- digo- al cárcavo, donde está la turbina, le llamaban “el infierno”.
- Será por algo- interviene, al fin,  el cura.
- ¿A qué se refiere? O es que Iglesia tiene algo que ver-. Dice la molinera.
- Bueno, sí. Muchos documentos de la Iglesia hablan de los molinos. Por un lado eran lugares con mala fama, que era un mal ejemplo para las buenas costumbres…
- La mala fama la puso la Iglesia, - dice cortante la molinera- porque, según ustedes, éramos las molineras las que fácilmente perdíamos la honestidad…hay un libro en casa que  cuenta cómo ustedes  prohibieron las reuniones y las compañías en los molinos que no fuesen marido o hermano. Y la Iglesia, que tenía muchos molinos. ¿Qué hacía?
- Ya, pero los testimonios vienen de muy atrás, de tiempos remotos que no podemos ni imaginar. Uds. habrán oído como la rueda de molino era un castigo secular y fuente de martirologio, como la ejecución de San Florián o lo que  cuenta sobre “el molino místico” un estudioso de Mallorca...
- Pues eso, se cuentan…cuentos- dice ella.
- Son cuentos o leyendas, pero también fe. Hay que comprender al hombre primitivo, su ignorancia y sus miedos. En mi tierra corrían leyendas de que el primer molino lo hizo el diablo. Otra, que San Martin fue quien copió al Basajaun, el señor de los bosques, los secretos de las semillas del trigo y el maíz...  En las Escrituras hay referencias más serias comparando la transformación de los pecados en virtudes en forma de harina, la pureza de la harina blanca…
- Pues aquí- replica la molinera - no había harina blanca. Todo era maíz y escanda. Osea que de eso nada. Además  en los libros de mi padre, que era picador de piedras de moler, decía  siempre que la Iglesia era cruel, así en la antiguedad quemó en la hoguera a un molinero llamado Menocchio por hereje.
- Quería decir- alega el cura- que aquellos castigos, como se dice en el Evangelio, eran para proteger a los inocentes, como … San Lucas, cuando comenta aquello de  arrojar al mar con una piedra de molino al cuello a quien escandalice a los niños…
-¡Lo que nos faltaba! -exclama la molinera- Pues tienen Uds. buenos motivos  para aplicárselo.
Un tenso silencio ocupa el molino. Las miradas se pierden en diferentes direcciones. Tabolo, mira hacia abajo y ve, sumergidas bajo las aguas, varias ruedas de molino. Levanta la cabeza y, tratando de mediar, dice:
- A ver qué opina nuestro visitante que sabe mucho de molinos.
- Creo que todas las religiones –digo-han utilizado los molinos como símbolo  Me interesa mucho lo que comentan pues, de alguna forma, es uno de los motivos de mi viaje. Vengo de Nendrum, en Irlanda del Norte. - Les cuento cómo allí hemos estudiado el molino de mar más antiguo que se conoce. Que lo construyeron los monjes de la abadía, que procedían de centroeuropa y que, buscando aislarse del mundo, fueron a lugares tan remotos e inóspitos. Conocían todas las tecnicas de construir molinos, regadios, viveros, que aplicaron en las nuevas tierras. -Sucede que, aquí, otros monjes, los de la abadía de San Antonio, hace mil años, construyeron también un molino. Posiblemente este mismo molino, estas ruinas donde estamos pisando, sea aquel molino. Sería uno de los más antiguos de la historia. Por eso estoy aquí, para buscar una antiquisima abadía  que en la Cartulario de Puerto aparece nombrado como Garfilios a la que pertenecía el molino.



jueves, 16 de abril de 2020





LA PLAYA DESCONOCIDA


Por Luis Azurmendi


Después de tantos años regreso a  Noyalo.  Allí crecí entre escuelas y playas con el eco de guerras y miedos que los mayores disimulaban.

He quedado con Tabolo, aquel querido personaje que me llevaba en su lancha,  pintada a proa con el rumboso nombre de  “patiello”,  en referencia al pequeño molusco que, en bandadas, se movían por la superficie de la mar, pintándola de diferentes tonos y formas que nos servían de referencia para pescar, pues las lubinas  los perseguían  y nosotros a ellas con nuestras cañas de “cacear”.  A veces, recuerdo, los vientos diferentes que, allí donde azotaban, también trazaban en la mar azules y grises bien diferentes que nos confundían en la pesca. Los vientos en este cantábrico crean paisajes y situaciones bien diferentes y forman parte de la vida cotidiana: el gallego” con una lluvia fina y pesada que, a saliente llaman “txirimiri” y a poniente “orballu”, a veces nos trae mar de fondo de grandes olas; el Norte y  Nordeste, frío y de cielos azules, es el que riza la mar; el temido Sur, el de la galerna, traidor y cruel que, en tierra, los campesinos,  llaman “regañon”.

Hemos quedado junto a la playa. Quiero que Tabolo me cuente lo que ha pasado desde entonces, desde que me fui,, si se mantienen las costumbres…

- ¡Qué va! -me dice- eso ha cambiado completamente. Ya verás en verano la cantidad de turistas que pasean por aquí.

Bajamos hacia la orilla, la marea esta baja, y un impresionante murallón de rocas nos cierran el horizonte, a mí me da la sensación de que han crecido, que han cambiado, que las formas son otras, que…
-No, no. Lo que cambia-me dice- es la arena.. La marea siempre está viva y las corrientes se mueven en muchas direcciones y la arrastran de un lado para otro. Allí donde las corrientes chocan se pierde velocidad, la arena se deposita entonces  y, allí, puede formar montañas de un día para otro.

Noto el frío en los pies y vamos rodeando algunos peñascos hasta Peña Verana, desde allí vemos un mar  verde, oscuro, casi negro: es una inmensa pradera de algas que arrancaron los temporales más fuertes.

- ¿Seguís recogiendo algas?, buen negocio era ¿no?

- Solo a veces-  se para mirando hacia “ Los Cuarezos” – Esto está abandonado. Aún eras muy pequeño pero ya te acordarás como las cogíamos.

- Ah, sí. Salíais en barco y luego buceando.

- ¡No!, no.  Antes que eso. Las cogíamos “a ribazón”. Esperábamos todos en lo alto de las dunas a que se “viniese” la mar , con la marea viva, que traía las algas arrancadas de los fondos. Cuando iban llegando nos metíamos arremangados entre las olas con los redaños. ¡Todo el pueblo! ¡ hombres y mujeres! Nos envolvían las grandes olas blancas de setiembre. Era duro y peligroso, pero buenas risas nos echábamos al descubrir los cuerpos de las mujeres ceñidos por las ropas mojadas.

Arrastrábamos los pies en aquella masa vegetal hacia la orilla, cuando me empezó a relatar actividades nocturnas de la playa.

- La angula la pescábamos – siguió contando- a la salida de la marisma. Ibamos en línea un grupo de vecinos recorriendo la playa a media agua con grandes redaños. Se pescaba mejor los días peores de invierno. Era la costumbre probada. A veces sucedía que un grupo de forasteros – se rie- se nos ponían cerca y nosotros íbamos desviando el camino para desplazarlos poco a poco hacia lo que conocíamos muy bien: el “pozón”. Cuando caían los primeros,  se oían los chapoteos y los juramentos que rompían la noche. A Alguno tuvimos que sacar.

martes, 14 de abril de 2020

LEER Y ENTRETENER

Hoy ponemos a vuestra disposición otra de nuestras publicaciones. Su acceso es libre para facilitar su lectura en estas jornadas tan difíciles. Mas adelante, si quereis la edición en papel teneis que acceder a la tienda en esta misma web.


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domingo, 12 de abril de 2020

LEER UNA IMAGEN
Segunda crónica de confinación



Un grupo de mineros posan sorprendidos ante la cámara. Es un conjunto  desarrapado que se toma un descanso y relaja sus herramientas aún en la mano. Picos, palas y cestos, indican el tipo de trabajo en la mina: la extracción y acarreo del mineral de superficie, lo que nos indica  la mina donde están.
     Es una pausa en el duro trabajo de los mineros  que aparecen desaliñados con la mirada hacia la cámara en un mar de boinas que parecen todos iguales. ¿Todos?  No. Fijaros en el personaje del ángulo  inferior derecha: no mira a la cámara, mira al grupo; corpulento, barbudo, traje oscuro y sombrero bombín, tipo inglés, en postura de suficiencia y apoyado en un bastón. El sombrero delata otros mundos más cercanos a la City, a Inglaterra, donde se relacionan los hombres de negocios, los banqueros y los funcionarios. Del chaleco cuelga la cadena “leontina” de un reloj de bolsillo. ¿Qué hace aquí este personaje? ¿Vigila o es él quien ha ideado esta inverosímil foto?
     No es de extrañar ver el bombín y la leontina dado que, a la altura de a mitad del siglo XIX, ya estaban explotando las minas Compañías inglesas con un intercambio de modas y costumbres entre ambas oligarquías desde el vestido hasta la arquitectura.  Pero ¿y esa mirada vigilante ajena a la cámara?
     Aquí Ramiro Pinilla nos retrata magistralmente algunos personajes que ejercieron de capataces y fueron, además, administradores  de las minas, de los barracones o viviendas, de las tiendas y los comedores de los mineros. ¿Era alguno de ellos? El escritor les deja hablar:
“…Recuerdo bien cuando llegasteis con vuestras caras hambrientas…todos…suplicando un puesto en la mina. ¡Yo os lo di, yo os quité el hambre! Y lo hice en nombre de los dueños que pusieron en marcha estas y otras minas arriesgando su dinero, su tiempo, sus conocimientos, su futuro…No como vosotros que solo sabéis lloriquear, borrachos, en la taberna…Ellos tienen orgullo personal y honor…Dios les ha elegido para dirigir la sociedad y darnos trabajo a todos ¡A mí también! ¡A vuestro capataz también!


LECTURA ABIERTA
Para leer y entretener en los días de aislamiento traemos del catalogo algunas publicaciones con acceso libre. 


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jueves, 9 de abril de 2020

LAS* DOS ORILLAS de Bilbao
en VERDES VALLES, COLINAS ROJAS

De Ramiro Pinilla

Primera crónica de confinación
    

He aprovechado este confinamiento, para liberar lo que solo surge al disponer de un tiempo sin límites, ni metas concretas. En este caso han sido reflexiones sobre la historia de Bilbao y de su ría. Estaba explorando viejas imágenes y cartografías desde donde comprender cómo la reconversión de una ciudad volvió la espalda a sus tradiciones más seculares. Y en esas estaba cuando una novela se me cruzó en el camino, muy oportunamente y de manera sugestiva, dando respuesta a más de una de mis cavilaciones.
  
Es la novela de Ramiro Pinilla, “Verdes valles, rojas colinas”, que me tiene atrapado en la historia de un territorio complejo, como Bilbao,  donde el protagonismo  se sitúa en las orillas de su ría.  Ahora mismo, donde estoy en su la lectura, un personaje de los “verdes valles”, un verdadero “borono” que ni una sola noche durmió fuera del caserío, se enamora de la belleza de una joven revolucionaria, una “maqueta”, la de las “rojas colinas” allá en las minas, al otro lado de la ría. Y va  tras ella, la acompaña siempre, tozudamente y, así, además de contemplarla a ella, vivirá de cerca la lucha obrera de los mineros. Pero no la entiende: “para qué se juntan tantos, para qué  repiten las mismas cosas gritando todos a la vez, por qué van tan tristes, cuando eso, en el pueblo, lo resolvemos- dice-, con  alegres romerías al son del txistu y el tamboril”. Él vive en el caserío de Getxo, ella  al otro lado de la ría, allí arriba, en las minas, en una txabola de La Arboleda. Un día él la convence para llevarla a la otra orilla, al  verde valle  y, aquel domingo,  en una playa de inmensa soledad, es donde el amor les envuelve como  aquellos  rizos de las olas en la orilla. Ella quedará preñada y él será su fiel acompañante en todas las actividades revolucionarias, aunque seguirá  sin comprender.
    
Salgo del libro. Y pienso que aquel verde valle de origen euskaldun, Getxo, era donde residían los campesinos aferrados a las viejas tradiciones, como nuestro tozudo campesino y acompañante de la bella revolucionaria.  Aquellos lugares, con el tiempo, fueron ocupados por las mansiones de una oligarquía que se desplazó desde  un ensanche burgués amenazado por las movilizaciones obreras. El nuevo lugar se denominó, entonces,“Neguri”,  aldea  de invierno en euskera,  y fue “cuartel de invierno” de propietarios de minas, astilleros, fundiciones y banqueros.  Desde allí, por encima de la ría, se veían las colinas rojas y sus minas, donde los mineros  vivían  en míseros poblados y, donde hoy, los turistas pueden disfrutar de un parque temático y probar alubias del país. También veían sus grandes fábricas y chimeneas de los hornos altos, hoy desmanteladas en la llamada reconversión industrial. Y desde allí arriba los mineros veían  la gran ciudad y, hacia la mar, al fondo, las playas y Neguri. Unos y otros estaban  a” tiro de mirada”, separados por una ría, la de Bilbao, donde se reflejará la historia de esta gran ciudad, dramáticamente segregada por los orígenes, la culturas  y clases sociales de sus habitantes.

Luis Azurmendi


*Tomo el título del artículo de Gonzálo Calcedo  en  Las dos orillas. La Bahía de Santander
En La Bahía en la memoria. Litoral Atlántico